Desde hace meses me cuesta leer. También escribir. Como si las palabras, esa bandada de mariposas que siempre me rodea, se negaran a posarse en mi mano, en mi pelo, en mi nariz. Espero quieta y paciente, pero ellas revolotean sin descanso y me rehúyen. Yo las dejo estar.
Las dejo zigzaguear a su antojo hasta que de repente me piden desde la Asociación Álbum que escriba el prólogo para la guía que están preparando sobre los derechos de la infancia. Y los días pasan y el plazo se acerca y las palabras me eluden. Así que ya en el límite me hago con un cazamariposas. Uno liviano, sedoso, una amenaza que acaricie. Susurro y hasta canto con voz tímida. Y las palabras-mariposa se acercan, a regañadientes. Y por fin, puedo escribir.
«Hace cien años, la activista británica Eglantyne Jebb lideró una campaña de concienciación para que se reconocieran los derechos de la infancia. Logró que se recogieran por primera vez en la Convención de Ginebra de 1924 y se ampliaron en 1959 en la Declaración de los Derechos del Niño, aprobada por la ONU.
Aquí seguimos un siglo después, sin poder garantizar el derecho de la infancia a una realidad en la que poder leer, jugar, pensar y abrazar. Todavía es necesario concienciar a la opinión pública sobre las problemáticas cotidianas que enfrentan los niños y niñas y reclamar el cumplimiento de su acceso a los derechos básicos: un techo bajo el que cobijarse, una alimentación suficiente, una educación digna, atención sanitaria, un entorno seguro para crecer en paz, jugar y ser con libertad.
En este 2025 asistimos a la retransmisión en directo de la violación sistemática de los derechos de la infancia en Palestina, sin que ningún organismo internacional intervenga. Vemos cómo los niños y niñas mueren de hambre y sed, mientras la ayuda humanitaria está bloqueada en la frontera por Israel. Sabemos además que existen otros países en la misma situación: Sudán, Etiopía, Congo o Azerbaiyán.
Pero esto no sólo ocurre en geografías lejanas. Según un informe del Ministerio de Juventud e Infancia, cuatro de cada diez adultos sufrieron en España algún tipo de violencia durante su niñez. Violencias silenciadas, pertenecientes al espacio doméstico.
En este panorama oscuro y abrumador, surgen preguntas que me incomodan: ¿Para qué sirven los libros? ¿Puede la mediación lectora contribuir de alguna forma a que se respeten los derechos de la infancia?
En mi búsqueda de respuestas, vuelvo a una conversación que tuve con la bibliotecóloga colombiana Silvia Castrillón donde me explicó el origen de Fundalectura. Para poder llegar a un proceso de paz, era necesario que una generación entera que había nacido y crecido en la violencia del conflicto armado pudiera imaginar cómo se podía ser niño en un contexto pacífico. Y para poder construir ese imaginario, necesitaban libros.
Eso me lleva a pensar que necesitamos poner en manos de las infancias libros que sean ventanas para poder vislumbrar otras realidades distintas. Que permitan imaginar y ensayar otras formas de vivir y convivir. Libros-ventana que inviten a conversar y a pensar juntos otros futuros posibles.
Los libros también pueden y deberían ser espejos que reflejen con honestidad las realidades de las infancias: ese tiempo en el que se juega, se sufre, se ríe, se abraza, se llora y también se rabia ante la injusticia. Libros que visibilicen esas otras violencias cotidianas y silenciosas ejercidas contra las infancias en lo doméstico.
Hace unas semanas en Monterrey (México), Aurora me contaba la importancia que tuvo para ella encontrarse en la escuela con un libro que hablaba de la realidad que estaba viviendo, los abusos por parte de un familiar: “No podía hablar con nadie sobre lo que me estaba pasando. Pero sí podía hablar con Caro, la protagonista de la historia. Ella estaba viviendo lo mismo que yo, ella me escuchaba, podía entenderme, me hacía sentirme menos sola. Necesitaba tanto ese libro, que me lo robé”.
Necesitamos libros-espejo que rompan con ese silencio y garanticen el derecho de la infancia a verse y sentirse representada, reconocida, escuchada. Libros que ayuden a plantear conversaciones que socialmente nos incomodan, pero son necesarias.

En este catálogo encontrarás libros-espejo y libros-ventana. Álbumes que reflejan la diversidad de experiencias vitales de las infancias y álbumes que nos permiten vislumbrar otras realidades. Hallarás también otra tipología de álbumes, los libros-puerta: aquellos que contienen en sí mismos la posibilidad de jugar, pensar y crear.
Esta es una selección de libros luminosos, libros que recogen la belleza de las pequeñas cosas, libros tristes, libros juguetones, libros creativos y artísticos. Libros construidos a partir de palabras e imágenes para invitarnos a mirar, a pensarnos desde otro lugar.
Este catálogo te da la posibilidad de construir una pequeña biblioteca con libros álbum para poner al alcance de todas las infancias. Un granito de arena para contribuir a que nadie tenga que crecer hambriento de tiempo para jugar, de palabras para pensarse, de páginas que leer, de libros que abrazar.»